Por Redacción | brotherhoodherald.com
James A. Garfield, 20º presidente de los Estados Unidos.. Fuente: Wikipedia
Mientras que los nombres de Abraham Lincoln y John F. Kennedy resuenan de inmediato en la memoria colectiva al hablar de presidentes estadounidenses asesinados, la historia del vigésimo mandatario del país, James A. Garfield, ha quedado relegada a un segundo plano. Sin embargo, su muerte en 1881 no solo estuvo marcada por un móvil insólito, sino también por una cadena de negligencias médicas que resultaron tan fatales como las propias balas de su agresor.https://www.thebeardstruggle.com/discount/CHANGE-ME-eda6357?ref=y2exnjy
Un cargo a cambio de un disparo
El protagonista de este oscuro episodio fue Charles Julius Guiteau, un abogado y escritor estadounidense con claros trastornos mentales que creía firmemente haber sido el artífice de la victoria electoral de Garfield. Como «recompensa», Guiteau exigía ser nombrado cónsul en París.
Charles J. Guiteau, su agresor.. Fuente: The Library of Congress
Tras ser repetidamente ignorado por la Casa Blanca y por el secretario de Estado, James G. Blaine, Guiteau convenció a su mente delirante de que Dios le había ordenado eliminar al presidente para sanar las divisiones internas del Partido Republicano y unificar al país.
El 2 de julio de 1881, en una estación de ferrocarril en Washington D. C., Guiteau se acercó por la espalda a James A. Garfield y le disparó dos veces al grito de «¡El presidente ha muerto!». Irónicamente, el mandatario no falleció en el acto.
Los médicos: el enemigo invisible
Si bien el atentado conmocionó a la nación, la verdadera tragedia humanitaria y médica se desarrolló en las semanas posteriores. Garfield sobrevivió durante 80 días de agonía, pero su muerte no fue provocada directamente por los proyectiles, sino por una precaria e insalubre atención médica.
En una época en la que la teoría de los gérmenes apenas comenzaba a abrirse paso, los médicos de la época se negaban a creer en la asepsia. Ninguno de los doctores que atendió al presidente se lavó las manos ni esterilizó el instrumental antes de examinarlo. Con sus propias manos sin desinfectar y sondas rudimentarias, los facultativos hurgaron constantemente en el cuerpo de Garfield buscando la bala incrustada, introduciendo infecciones masivas que derivaron en sepsis y peritonitis.
Incluso el mismísimo inventor Alexander Graham Bell acudió a la Casa Blanca para diseñar un detector de metales primitivo que localizara el proyectil, pero el aparato falló debido a que el colchón del presidente contenía muelles de metal, lo que confundió por completo el diagnóstico.
El destino del asesino
James A. Garfield falleció el 19 de septiembre de 1881 a consecuencia de las infecciones provocadas por sus propios médicos. Por su parte, Charles Guiteau fue detenido de inmediato en la misma estación, procesado en un juicio mediático plagado de sus excentricidades y constantes faltas de respeto al tribunal, y finalmente condenado a la horca en enero de 1882.
Un magnicidio olvidado por las grandes masas, pero que expone de forma trágica cómo un delirio personal, sumado a la ignorancia científica de una época, logró cambiar el rumbo de la historia de los Estados Unidos.










